viernes, 19 de diciembre de 2008

CARTA A UNA BRUJA

           Hace semanas que no te veo.

           La sensación de ingravidez que de un tiempo a esta parte percibo hace que me sienta como viviendo dentro de una quimera, rodeado hasta donde mi vista alcanza de imágenes imprecisas que van y vienen como espectros danzantes. No sé bien qué es lo real ni qué lo soñado. La realidad y los sueños se confunden dentro de mi cabeza como las figuras de una perturbadora contradanza. ¿Estaré medio majareta? Sé, eso sí lo sé, aunque saberlo me duela, que no me amas, e ignoro si llegarás a amarme algún día. Sé también, otra cosa asimismo real y no idealizada, que hubo momentos, ¡deliciosos momentos!, en que te besé, y lo sé porque mis labios todavía conservan el frescor de los tuyos, porque aún se estremecen en el recuerdo de aquellos besos que yo disfruté como turbión de estrellas precipitándose en medio de la noche, por más que para ti no fuesen sino robos, mi bruja garduña, robos que les hacías a otros labios.

           Y mi garganta estalla en un lamento incierto que ignoro a dónde se dirige.

           Reconozco que no tengo en general las ideas demasiado claras. ¿Pero sabes una cosa? Que mejor así. Entiendo que lo contrario puede llegar a ser asaz aburrido. El que nada duda, nada sabe, decía un viejo proverbio griego, de manera que yo debo de ser un pozo de sabiduría, a tenor de la inmensidad de dudas que me asaltan a cada momento. Y en sintonía con tanta incertidumbre, no son pocas las veces que me gustaría dejarme zarandear por las olas y el viento, abandonando mi cuerpo, perezoso y blando, para que sea sacudido por la fuerza de los elementos y que se encarguen éstos de llevarlo allá donde les plazca, con molicie, con cierta voluptuosidad en ese dejarse arrastrar por los hados del destino. Ay, brujita, sospecho que disfruto demasiado improvisando mi vida según los aires que en cada período la visiten.

           Pero no por ello soy ajeno al dolor y al sufrimiento.

           Pensar en ti me causa a menudo dolor. Sí, boba, no pongas esa cara. ¡Dolor! Dolor por tu ausencia, dolor por no haber podido encender en tu pecho la llama del amor, dolor por el dispar significado que para ambos adquirieron aquellos besos, dolor al imaginarte en brazos de otro... Sin embargo, no pensar en ti me resulta imposible, algo que sólo vaciando por entero mi mente podría conseguir, ya que de un modo u otro tú andas enraizada hasta en el último de mis pensamientos. Sin pensamiento está claro que no hay dolor, al menos ese tipo de dolor del que te hablo; pero hay vacío, y personalmente prefiero sufrir en plenitud que vivir anestesiado, por lo que en ese sentido me decantaría siempre por ser un infeliz pensante antes que un ignorante feliz. Y, ojo, insisto en que la amputación del pensamiento disecciona asimismo la desdicha, pero, qué quieres, yo soy así, partidario de la máxima cartesiana de que sólo pensando entiendo que existo. Además, considero que la felicidad eterna debe de ser algo muy aburrido. ¿No te parece? Por todo ello te digo que continuaré pensando en ti a cada momento, aunque me duela.

           Quizá sea, por otra parte, este dolor lo que más contribuya a que continúe sintiéndome vivo.

           Por supuesto que la aceptación y el realismo son buenas medicinas para llenar según qué vacíos, Pero, ay, mi niña, quién pudiera vivir cual coribante en continua danza en torno a su Cibeles, entregado únicamente a la risa y al goce del amor. ¡Quién, en definitiva, pudiera de la fantasía hacer su habitual morada! ¡Quién ser siempre un niño cuyos deseos no estuvieran inficionados tras su contacto con la dura realidad! Te confieso que soy un entusiasta devoto de los sueños, y no me refiero ahora a los del mundo onírico, no, sino a aquellos que encarnan anhelos, aspiraciones, esperanzas, ilusiones, aquellos sin cuya poderosa égida un hombre no pasaría de ser un ente errante, perdido en un tedioso limbo huero de paisajes. Y creo en ellos porque, en definitiva, son los que hacen salpimentar este bacheado camino al que llamamos vida, sin los cuales sería más bien algo soso y aburrido. Eso sí, esta creencia no me hace olvidar la realidad, realidad que resulta imprescindible no perder de vista para, en su caso, poder contrarrestar sus bofetadas. De modo que sueños sí, por supuesto, pero sin dejar de mantener los pies firmes en el suelo, ya que si nos subimos demasiado a las nubes, corremos el riesgo de caernos de ellas y partirnos la crisma. Mi sueño eres tú; mi realidad, que no me amas. Evidentemente, me gusta más el sueño que la realidad. Y si una realidad no nos gusta, ¿por qué, me pregunto, no soñar con otra más afortunada, aunque parezca utópica? El verdadero soñador es el que sueña lo imposible, si bien, el solo hecho de soñarlo hace que ya no lo sea tanto. Toda revolución empieza siempre por un sueño y mi sueño hoy por hoy, brujita, repito que eres tú; tú, que has revolucionado mi vida llenándola de sensaciones que creía perdidas para siempre.

           Y el desarraigo de ti es lo que me mata.

           Oh, ya sé que lo más probable es que no entiendas demasiado de cuanto te digo en esta carta. Te confieso que ni yo mismo me entiendo la mayoría de las veces. Pero no importa. Me gusta contártelo a ti. Te elegí como la depositaria de mis cuitas y el hombro sobre el que descargar el peso de aquéllas. ¡Menuda carga te encasqueté! Lo digo en serio, mis cuitas son tantas, que pesan como plomo. Reconozco, tú ya lo sabes, que soy una persona generalmente insatisfecha, pero no debido a falta de interés o afecto hacia quienes me rodean, que lo tengo y mucho, sino a un acendrado inconformismo que desde siempre me ha atenaceado el alma, llevándome a ansiar de continuo nuevas experiencias gozosas, ávido de que me sucedan cosas interesantes, momentos excitantes, circunstancias que provoquen en mi interior descargas de la adrenalina, dopamina o serotonina necesarias para escapar de la monotonía y el aburrimiento, y cuando no lo consigo, no puedo evitar quejarme. Ay, ya sabes que soy un epicúreo idealista y, como tal, aborrezco la trivialidad y persigo los placeres del mundo. Resulta, no obstante, muy difícil para una persona que, como yo, busca en la vida algo más que la mera existencia, escapar de la voraz rutina que los convencionalismos sociales ofrecen como panacea: matrimonio, hijos, bienes materiales, etcétera. Sé que esta es la meta para muchos, la milagrosa pócima que se nos vende como bálsamo de la felicidad. Sin embargo, algunos otros, entre los que me incluyo, no vemos en ese bálsamo más que un líquido acerbo que, en lugar de esa felicidad, nos genera languidez y melancolía. Es probable que te preguntes por qué entonces sigo deglutiendo tan amarga emulsión. Podría darte varios motivos, algunos muy obvios, otros más enrevesados, pero no me apetece en este momento. Estoy algo cansado de escribir. En todo caso, la huida resulta a menudo harto complicada, al fin y al cabo supondría liarse la manta a la cabeza, como suele decirse, y renunciar a todo, siendo que la mayoría de nosotros somos cobardes, incapaces de dar un paso así, por lo que preferimos conformarnos con nuestra monotonía y seguir adelante con resignación, emitiendo de cuando en cuando alguna sonora queja. Y es ahí donde te tengo a ti, mi adorada brujita, donde entran en juego tus oídos para hacerse eco de tales quejas, donde hallo tu hombro como almohada presta a poner remedio a mi agotamiento. Ahora bien, si alguna vez te sientes abrumada y notas que los oídos te supuran de tanto lamento o que tus hombros no soportan más el cansancio provocado por el peso a que mis zozobras lo someten, házmelo saber, amiga mía, y dejaré de importunarte con esa molestia ingrata. Entretanto seguiré reflexionando, ya en voz alta, ya en silencio, a la espera de tener mayores elementos de juicio para dictar sentencia.

           Por cierto, no sé cuanto tiempo más podré aguantar sin verte. ¡A ver si quedamos ya un día de estos!

Enteramente tuyo
C

10 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Cuántas veces habré sentido eso y he sido incapaz de plasmarlo.
felicidades!!!

Cavaradossi dijo...

A veces sólo es necesario abrir el grifo de los sentimientos y dejar que estos fluyan sin más. Como dijera Oscar Wilde, para escribir sólo se precisan dos cosas: tener algo que decir y decirlo.
Un fuerte abrazo, María, y gracias por tu comentario

Anónimo dijo...

Carta a una Bruja, va dirigida a mi? jiijii es broma, es precioso el relato . Saludos. Luz de Luna

Cavaradossi dijo...

Jajaja. Muy aguda, Luz de Luna... Pero sí, va dirigida a ti, a todas las maravillosas brujas del mundo... En esta bruja plasmo mi ideal y, como a tal, le escribo cartas. Siendo tú también, como afirmas, una bruja, puedes sentirte perfectamente identificada, claro que sí :-)

Sol dijo...

Bella como siempre tu manera de expresarte!!! sigues bailando con las letras y tu imaginación!

Un Placer leerte como siempre, aunque no comente todo lo he leído porque me encanta!!

Beso y abrazo. Sol desde la distancia....

Cavaradossi dijo...

Un placer también para mí contar con tu presencia en este mar de los sueños, Sol.

Otro beso y abrazao para ti

Bruja Piruja dijo...

Es curioso Cavaradossi. Me invitas a tu blog, y la primera entrada que me encuentro es ésta.... no me advertiste de ello, jajaja.

Muy buen relato, y con el que me encuentro identificada en gran parte,(por eso llega más) supongo que como el resto de las brujas de este mundo, jajaja.

Gracias por compartirlo!!

Cavaradossi dijo...

Oh, una auténtica "bruja piruja" comentando mi "carta a una bruja". Es todo un honor. Si a este mar de los sueños todo el mundo es bienvenido, las brujas lo son por partida doble.
Un fuerte abrazo para ti

Anónimo dijo...

Este es uno de los escritos tuyos que más me gusta.

Es triste pero es la realidad de muchos, insatisfechos con su vida, pero totalmente incapaces de romper la inercia.

Ah, soy Pauli.

Cavaradossi dijo...

Celebro que te gustase, Pauli, y sí, convengo contigo en que la inercia suele a menudo ser un anclaje difícil de romper. En cierto modo vendría a ser para el ánimo como la fuerza de la gravedad para el cuerpo

Gracias por dejar tu comentario :-)